San Juan Apocaleta



Difundid Señor, benignamente vuestra luz sobre toda la Iglesia, para que, adoctrinada por vuestro Santo Apóstol y evangelista San Juan, podamos alcanzar los bienes Eternos, te lo pedimos por el Mismo. JesuCristo Nuestro Señor, Tu Hijo, que contigo Vive y Reina en unidad del Espíritu Santo, Siendo DIOS por los Siglos de los siglos.












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"Sancte Pio Decime" Gloriose Patrone, ora pro nobis.





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domingo, 16 de julio de 2017

SEXTO DOMINGO DESPUÉS DE PENTECOSTÉS


Amados hermanos en nuestro Señor Jesucristo:
En este domingo tenemos el relato de la segunda multiplicación de los panes que llevó a cabo nuestro Señor. Milagro que repite en dos ocasiones como también repitió la pesca. Estas reiteraciones, como lo dice el gran glosador del siglo XX, desafortunadamente no reconocido como tal, el padre Castellani, eminencia de la Compañía de Jesús y expulsado vilmente habiendo sido el doctor más eximio, si se quiere, que haya tenido esta Compañía en América, pues su diploma lo hacía predicador y exegeta sin tener que someter sus escritos a la aprobación del nihil obstat cuando ésta existía, titulo otorgado por el papa Pío XII y que pocos en un siglo tienen. El padre Castellani decía que los milagros son parábolas en acción; y cuando Cristo repetía un prodigio era porque había un contenido y un significado y por eso no era el mismo milagro; nos advierte en esta ocasión que el doble prodigio invita a mirar la proporción inversa que hay: a mayor número de gente, menos panes y más sobras; a menor gente más panes y menos sobras. En una multiplicación había siete panes y comieron cuatro mil personas y sobraron siete canastos; en la segunda había cinco panes, comieron cinco mil personas, sobrando doce canastos.

Se debe hacer la siguiente reflexión, muy justa, que muestra que con menor cantidad de materia obra mayor efecto, hace más. Sabemos que la multiplicación de los panes no sólo significa la multiplicación de la eucaristía sino también la palabra de Dios y la predicación, y que a través de esa predicación y esa eucaristía nuestro Señor incrementa humildemente su reino, acrecienta su reino y que ese reino no necesita de muchas cosas, como podemos creer los hombres para difundirlo, sino que incluso con menos y con medios más pobres Dios puede obtener una difusión mucho más amplia como la que hizo en la segunda multiplicación, en la cual comió más gente y sobraron más canastos.

Comúnmente creemos que para predicar la palabra de Dios, hacer crecer su reino y convertir almas se necesitan grandes cosas. Es todo lo contrario, menos necesita Dios. Esos medios en los que estamos tentados a pensar que necesita la Iglesia y que han hecho mella en ella, son: la astucia política, el poder, la influencia, las riquezas. Mucha gente está tentada a creer que si tuviéramos esos recursos convertiríamos al mundo, y eso es un error, porque el mundo no se transformará por la política, el poder o la influencia ni las riquezas, sino por la táctica pobre y humilde de la predicación fiel del Evangelio. Lo único que sí necesita la Iglesia para evangelizar son los sacerdotes bien formados.


Por lo mismo, el padre Castellani decía que lo primero que necesita la Iglesia son sacerdotes bien instruidos para que puedan predicar fielmente la palabra de Dios; lo demás, como el prestigio, el poder, las riquezas y la diplomacia sobran, como también sobrarían la radio y la televisión. No convertiríamos a nadie por la televisión, la radio, las revistas y los medios de comunicación, como muy tentados estaríamos a caer. Otro asunto es utilizar esos medios como católicos en la difusión de nuestra cultura religiosa; pero la religión católica, la fe y la conversión de las almas se opera por la prodigiosa multiplicación de la palabra de Dios fielmente transmitida a lo largo de la tradición. Tal es el error y la confusión con respecto a la propagación de la palabra de Dios que vemos a la Iglesia aturdida en una propaganda estéril por la fe, absolutamente estéril.


Nuestro Señor se valió de sus doce apóstoles, pobres pescadores, ignorantes, pero hombres de principios, leales y nobles, porque se puede ser pobre y pescador pero noble, la virtud del hombre de bien. Así eligió a sus discípulos para que distribuyeran la palabra de Dios. Nos muestra en estas dos multiplicaciones de los panes cómo en las manos de los apóstoles se multiplicaba el pan y cómo no solamente de pan vive el hombre sino también de toda palabra de Dios. Entonces así se difundiría la palabra de Dios, por esa transmisión fidedigna que hoy no se tiene en cuenta y por eso la gran ruptura que hay al no darle importancia a la tradición, porque no se puede dar lo que no se tiene y no se puede tener lo que no se ha recibido; si los apóstoles no hubieran obtenido el pan de las manos de nuestro Señor no se hubiese multiplicado; para dar hay que recibir, y tiene que ser de Dios para poder dar transmitiendo fielmente las cosas de Dios.

Ahí está el problema cuando se origina una ruptura, un rechazo, un corte vertical con la Tradición. Monseñor Lefebvre, cuando era vil e insidiosamente atacado por la prensa o por los obispos que le reprochaban cínicamente el cisma, lo dijo en varias ocasiones: “Si hay un cismático no soy yo, son ellos; si hay un cisma no soy yo, son ellos quienes crean el cisma porque no puede haber una ruptura, ni una escisión en la transmisión fiel de la palabra y de la doctrina de Dios y de la religión de Dios que es la religión católica; el solo hecho de no tener en cuenta la Tradición y atenerse a ella origina esa ruptura, ese cisma”. Por eso Monseñor Lefebvre siempre se sintió el fiel transmisor de lo que había recibido y en su tumba y en su lecho de muerte mandó escribir: “He transmitido lo que recibí,como un simple y humilde siervo de Dios”.

Así debe ser todo sacerdote y todo obispo, todo el que ocupe un lugar en la jerarquía de la Iglesia para que así se multipliquen el reino y la palabra de Dios, la santa Eucaristía. Porque si estoy en ruptura con la tradición, con la concepción católica de la santa Misa, ¿cómo se consagraría?, ¿con qué intención?, si no es la santa Misa sino una cena donde se reúnen los amigos, y Dios está presente allí donde hay dos o tres reunidos en su nombre; eso no es la misa. Aquí estamos reunidos y sin embargo hasta que no se pronuncien las palabras de la consagración no hay misa, no hay presencia real y sin embargo aquí está presente Dios porque estamos más de dos o tres reunidos o en cualquier otro grupo, en la calle o en una plaza; pero esa presencia universal de nuestro Señor allí donde están sus discípulos no es la presencia sustancial que hay en su cuerpo eucarístico.


Ahí está el riesgo de invalidez de la nueva misa, que no es otra opción como creeríamos; hay riesgo porque no hay la garantía de la confesión sacramental justamente por tener otro concepto distinto al de la Tradición sobre la Misa y sobre el sacrificio. Tanto es así que no se lo ha querido definir como un sacrificio propiciatorio sino de alabanza, eucarístico, pero no donde hay inmolación.

La Misa se define como la renovación incruenta del mismo sacrificio del Calvario, la inmolación, pero no realizada físicamente sino incruenta y sacramentalmente. Acerca de esa tercera dimensión podríamos así decir: la dimensión natural, la dimensión sobrenatural y la tercera que es la sacramental, que conjuga esas otras dos dimensiones y que están en todos los sacramentos; por eso hay elementos del orden natural y elementos del orden sobrenatural que están conjugados en el sacramento; por eso se bautiza con agua, se consagra con pan y vino, pero también está la gracia del bautismo; pero asimismo está la presencia real y substancial de nuestro Señor en las especies del pan y del vino que ya no lo son sino que se convierten en el cuerpo y la sangre de nuestro Señor, junto con su alma y divinidad.

Es importante recordarlo para no dejarse llevar por el error y caer en cisma, en el cual automáticamente se cae si me sustraigo de la Tradición católica que es la que hace que la Iglesia de hoy sea la de mañana y no que haya una nueva Iglesia y una nueva religión que adulteran la palabra y el nombre de Dios, pues se valen de Dios para destruir su reino. Eso es lo satánico, lo terrible y lo difícil de entender y discernir; solamente a los ojos y a la luz de la fe se pueden sopesar y ver esto. Si no las vemos es porque nuestra fe es poca. Misterio de fe, hay que vivirlo, y éste se resume y sintetiza en la santa Misa y por eso esas palabras que estuvieron desde el principio, desde los apóstoles, han sido quitadas de la santa Misa –misterio de fe– ,por eso estaban incluidas dentro de las palabras de la consagración del vino, para expresar, para manifestar esa realidad.


Nuestro Señor necesita esa fidelidad de los apóstoles para que el reino de Dios se propague por su palabra y por su sacrificio. Esa es la explicación del doble milagro de la multiplicación de los panes, para que no creamos que necesitamos grandes cosas, sino que con las más humildes, con las más pequeñas se puede convertir al mundo si éste y los hombres quieren y si los apóstoles son fieles. Lo que se necesita es la fidelidad de los apóstoles bien instruidos; pero hoy falta educación religiosa, formación teológica y dogmática en el clero y, por tanto, pulula el error por doquier.


Desde luego que el pueblo se confunde si no hay doctores en la fe que por oficio son los obispos, los catedráticos de Dios. Los sacerdotes son auxiliares, ayudantes de esos doctores y catedráticos en la fe. El que predica en nombre propio es el obispo, mientras que el sacerdote, con su permiso, lo hace como un auxiliar. Faltan esa luz, esos doctores, esos obispos; por eso vemos el mundo que se cree católico sin esa luz de la fe, porque no hay doctores.


Son cuatro o cinco obispos fieles (cuatro, pues ya claudicó monseñor Lisinio quien era el quinto obispo consagrado junto con los cuatro de la Fraternidad); cuatro obispos para dar luz al mundo en la fe. Peor que la época de San Atanasio, porque este santo no estaba tan solo, se encontraba con San Hilario, San Basilio, San Gregorio y otros. Y es mucho peor que la herejía arriana que negaba la divinidad de nuestro Señor; hoy se refuta la santidad de la Iglesia católica, eso es lo que hace el ecumenismo, al colocarla en igualdad con las otras religiones. Es un nuevo arrianismo, mucho peor porque contamos con menos defensores de la fe y es mucho más universal el mal porque ahora abarca todo el mundo.


No por eso debemos claudicar en la multiplicación del reino y de la palabra de Dios, sino seguir siendo fieles a la sacrosanta tradición católica y propagar el reino de Dios y procurar no sólo nuestra salvación sino la de todas las almas.


Pidamos a nuestra Señora, la Santísima Virgen María, mantenernos fieles a la Tradición, salvar nuestras almas y las de todos los demás. +

PADRE BASILIO MERAMO30 de junio de 2002

domingo, 9 de julio de 2017

QUINTO DOMINGO DESPUÉS DE PENTECOSTÉS


Amados hermanos en nuestro Señor Jesucristo:
Escuchamos en el relato del Evangelio de este quinto domingo después de Pentecostés, cómo nuestro Señor les dice a sus discípulos que debía ser más cumplida su justicia que la de los escribas y fariseos; es decir, que no debía ser precisamente cómo era concebida y practicada por los escribas, doctores de la Ley y los fariseos, esa cúpula o elite religiosa dentro del judaísmo, la parte más prestigiosa de la doctrina judía. Y con esto nuestro Señor quiere hacer ver que la ley es muy distinta a lo que los judíos, escribas y fariseos pensaban y creían.

La justicia no más que esa virtud que tiene como objeto específico el bien común y que de algún modo sirve a éste, aunque de modo indirecto. Por eso esa jurisprudencia en el orden sobrenatural es la santidad. Porque el bien común en el orden sobrenatural es Dios Trino, en la Trinidad de Personas y su gracia; por eso a la justicia muchas veces en el Antiguo Testamento, se la designa directamente como la santidad.

Vemos cómo entonces nuestro Señor reprocha la ley tergiversada de los fariseos, de los judíos. Aquello no era imparcial y por lo mismo quiere que nosotros tengamos la verdadera justicia, distinta a la de los fariseos. Porque el ser humano es muy sensible a todo lo injusto. Y sólo Dios sabrá si el mundo de hoy no lo es en sus leyes, en sus constituciones. La norma y la conducta son indebidas.

No se tiene por primacía el bien común; es aberrante porque una nación, un pueblo y un Estado cuyo gobierno, cuya razón social no sea lo justo está perdido; por eso el mundo hoy está confundido. Los políticos de hoy valen nada, son unos corruptos porque no trabajan por el pueblo, sino para bien propio, como mercenarios; y no hay nadie que así lo diga, que así lo haga ver, no para que cambien, porque difícil sería que lo hicieran, pero, por lo menos, para cantar la verdad. La realidad no puede ser oprimida y nuestras inteligencias no pueden tolerar el error y no sólo el privado sino el socialmente instituido; y eso sucede aquí en Colombia y en todo el mundo; no prima el bien colectivo, ya no existe. Estamos igual o peor que los judíos y fariseos.

Entonces ¿qué concepto católico sobrenatural vamos a tener ya de la justicia? Si no lo tenemos en el orden social, en el moral. ¿Qué justicia podrá haber? Por eso estamos como hijos sin madre y sin padre, sin Iglesia, porque hasta ella se nos está derrumbando. Esa es parte de la gran crisis actual, ya que no solamente el mundo anda mal sino también la Iglesia en su parte humana; porque si bien su parte divina es santa, es buena, es indestructible e indefectible, la parte humana sí es defectible y ese es el gran drama. Falta la justicia.

Los gobiernos, los imperios y los mandos se legitiman por el ejercicio de la ley en el mundo, y en la Iglesia con mayor razón; eso es lo que legaliza la autoridad, el ejercicio del bien común; había y hubo reyes y personajes que pudieron ser bastardos pero que por el empleo del bien general se oficializaron. Así pasó con Juan de Austria, hijo ilegítimo de Carlos V, que venció en Lepanto a los turcos, con Carlos Martel en Francia, hijo ilegal de Pipino, que venció a los musulmanes en Poitiers. Para mostrar que en última instancia, lo que da legitimidad a la autoridad o al poder es el bien común. Asimismo puede suceder que a un rey o a un gobernante con todos los derechos y títulos de su origen para ser rey, para ser gobernante, se le desconozcan al por no servir a la comunidad.

Lo anterior también ocurre en la Iglesia. Si su autoridad no se ejerce para el bien común que es predicar la verdad, la salvación de las almas y la gloria y honra de Dios, todo se destruye, no queda Iglesia; podrán quedar las apariencias, como la cáscara. En eso se había convertido la doctrina judía por el fariseísmo, que es la corrupción específica de la religión, que es dejar que la fe quede en una pura apariencia exterior de poder y de mando, pero vaciado de su contenido sobrenatural y verdadero, de la verdad. Tenían el Antiguo Testamento, la Ley de Moisés, pero ese no era su dogma ni su credo. Su creencia era el Talmud, la Cábala, el fariseísmo, la corrupción de la religión; lo que quedaba era una solamente apariencia de la religiosidad, pero vacíos los corazones de la verdad, del amor a Dios. Y la prueba de todo aquello está en que a nuestro Señor lo crucificaron en el nombre de la religión. ¿Se habrá visto peor patraña, peor abominación? Matar a Dios en el su nombre. Porque si invoco la religión, es a Dios en última instancia a quien recurro y en nombre de ella los judíos y los fariseos crucificaron a nuestro Señor.

Hoy pasa lo mismo; la doctrina católica está convertida en una pura fachada, está desnaturalizada de su contenido, de su espíritu de verdad; queda simplemente la apariencia, el poder, los puestos, las jerarquías, la autoridad que no sirve al bien común, que no sirve a la verdad, que no honra ni glorifica a Dios. La prueba de todo está en que es el hombre el centro del culto, de lo que se llama en las parroquias religión católica pero que no lo es; donde se exalta al individuo, la dignidad de la persona, sus derechos, sus libertades. Y esos derechos y esas libertades son los que ensalzan todas las constituciones de los estados que son antropólatras, que adoran al hombre, lo colocan como rey y desplazan a Dios.

Lo increíble de todo es que si lo hacen los estados, las naciones con sus constituciones, sea con el beneplácito de la jerarquía de la Iglesia. No olvidemos que a Colombia, un país tan católico y consagrado al Sagrado Corazón de Jesús, en el nombre de la libertad religiosa proclamada por el Vaticano II, se lo dejó arrinconado. De esa herejía nace otra, el ecumenismo. Como decía monseñor Lefebvre: “Si hay una nueva herejía en estos tiempos, más allá del liberalismo, del modernismo, del progresismo, es la herejía del ecumenismo”; eso está en sus escritos, no lo invento yo.

Y ese cisma del ecumenismo, decía, brota, surge, nace de la libertad religiosa que ya no admite, no tributa el culto único y exclusivo al Dios verdadero con la singular y extraordinaria religión verdadera, la Iglesia católica, apostólica y romana. Eso es lo que niega la libertad religiosa, lo que rechaza el ecumenismo, la exclusividad de la Iglesia.

“A Dios lo puedo adorar como quiera, así como me da la gana vestirme como sea; hago lo que quiero, soy libre”. Desgraciadamente así piensa la juventud, y no solamente ella, sino también los adultos, el hombre moderno, y así lo proclamaron el liberalismo y la Revolución francesa. El hombre es libre para hacer lo que quiere, pero no para tributarle a Dios un verdadero culto con la verdad enseñada por la Iglesia católica sino como a ellos “les dé la gana”. Eso en definitiva ¿no es creerse Dios? Rebajar a Dios a lo que yo piense, a lo que “a mí se me antoje”; por eso, “como hago lo que quiero”, ¿para qué me voy a arrodillar delante del Sagrario, que ya ni hay porque está en un rincón?, ¿para qué me voy a hincar al comulgar?; la recibo en la mano, de pie y sin confesión como “se me da la gana”. Es un hecho que lo están haciendo en todas las parroquias.

Pero lo lamentable de toda esta situación es que haya tan poca gente que se percate de ella y si acaso lo hacemos, es tal la presión del mundo en sus conceptos sociales y religiosos, que nos hacen transigir en nuestra integridad religiosa. Por eso somos tan pocos y no tenemos esa fortaleza que nos hace íntegros desde adentro, con la cohesión necesaria para poder derribar a esos falsos ídolos que hay a nuestro alrededor y en nuestras mismas casas, en nuestras familias, ya no se diga del vecino, ni de la sociedad.

Debemos, pues, tener una justicia muy diferente a la de los fariseos, a la de los judíos, para que seamos sacrificados por el bien común como fue nuestro Señor; por eso se le crucificó y no por loco como tantos que por ahí también se inmolan bajo una falsa concepción de Dios, como lo hacen los musulmanes. ¿No fue acaso una inmolación ese atentado en Nueva York? Quien lo hizo sabía que iba a morir y se ofrendó por un falso Dios.

Y nosotros, con toda la revelación, con todo el peso de la verdad no somos capaces ni de la mitad ni mucho menos; vergüenza nos debiera dar; pero así somos. Por eso hay que pedir verdadera fortaleza y noción de justicia, para que toda nuestra religión no sea una apariencia, una cáscara; que tengamos verdadero contenido y sepamos por qué vivimos y por qué vamos a morir, porque tarde o temprano falleceremos. El que no se ha inmolado espiritualmente, moralmente, al menos, ¿cómo llegará a ser un buen cristiano?, ¿cómo llegará a la hora de la muerte en estado de gracia para merecer el cielo? Si somos fariseos, si nuestra religión es puramente externa, si nuestras acciones son puro convencionalismo, estamos muertos en vida y no servimos para nada sino para ser quemados como la paja.

Pidamos a nuestra Señora, a la Santísima Virgen María, nos ayude para que nuestra fortaleza sea la de Dios, basada en Él y no en el hombre que es miseria, barro, paja y así, aun si somos derrotados como hombres, podamos asociarnos a la victoria de nuestro Señor. Si estamos con Dios no vamos a temer al enemigo o al mundo, absolutamente a ninguno; y si tenemos miedo es porque no tenemos esa fe y esa fortaleza que viene de Dios; de lo contrario, pidámosla cada día y así Dios nos asistirá por intercesión de nuestra Madre del cielo la Santísima Virgen María. +

PADRE BASILIO MERAMO
13 de julio de 2003

domingo, 2 de julio de 2017

CUARTO DOMINGO DESPUÉS DE PENTECOSTÉS


Amados hermanos en Nuestro Señor JesuCristo:

El evangelio de hoy nos relata la primera pesca milagrosa. Nuestro Señor realiza este milagro en dos ocasiones como la multiplicación de los panes; cada uno de ellos tiene su propio significado; por esta razón es doble. En la primera pesca milagrosa, que hoy vemos, nos muestra la iglesia militante, mientras que la segunda pesca milagrosa, que relata San Juan, se refiere a la iglesia triunfante. Nuestro Señor le dice a San Pedro que tire la red hacia la derecha que significa los elegidos, y no se rompen las redes, Él está en la orilla y no en la barca con ellos. En la primera pesca la barca parece zozobrar, sucumbir por el peso de la cantidad de peses.

En esta primera pesca milagrosa Nuestro Señor confía esa misión a los apóstoles que le siguen, dejando, abandonándolo todo, familia, hijos, mujer, no tener más trato con las cosas familiares y de este mundo. La generosidad de los apóstoles y que tendrían que observar también todos aquellos que tienen un ministerio en el nombre de la Iglesia y de Nuestro Señor JesuCristo, y esa capacidad de abandonarlo y dejarlo todo, por lícito bueno que sea. Porque no es como cree el mundo que quien entra en religión, hombre o mujer, es debido a una desilusión o amargura; todo lo contrario, es dejar lo bueno por algo que es mucho mejor que es DIOS Nuestro Señor, y si hay gente que ha entrado a un convento, en religión, o lo que fuere por una desventura, tendría que ser no por eso en sí, sino porque eso mismo le haya hecho ver lo poco que vale el mundo, y si lo hiciera para huir de esa amargura, mal haría, porque no deja el mundo en lo que pueda tener de bueno y lícito para buscar a Dios, sino que busca consolar su pena y eso sería falta de vocación.

Nuestro Señor muestra la generosidad de los apóstoles, la humildad de ellos que no eran ni príncipes ni reyes, que bien los hubiera podido elegir, eran hombre humildes, de pueblo, gente sencilla que vive a la buena de DIOS. Que más que vivir a la buena de DIOS. Y elije a sus discípulos dentro de los pescadores por que así lo que ellos hicieran no sería atribuido a la grandeza que pudiesen haber en esos hombres sino a la palabra y asistencia de DIOS.

Por la palabra Nuestro Señor, Simón Pedro obedece y echa las redes después de haber pasado toda la noche, sin pescar absolutamente nada, para mostrar que es por la palabra de DIOS, por la palabra de Nuestro Señor que se pescan los hombres y no por otra cosa. Esa es la importancia de mantener fielmente la palabra de DIOS para la Evangelización, sin que se adultere, distorsione y cambie con el fin de acomodarse al mundo suavizando de algún modo, cuando no cambiando totalmente el significado y, por tanto, el contenido de la Palabra Divina. Y ese es el problema actual, cuando se adultera la palabra de DIOS, el evangelio, tan sutilmente que es difícil darse cuenta sin tener una preparación filosófica y teológica correctas. Peligro que corren los fieles por este cambio de la palabra divina, por querer estar en conformidad con el mundo, con el pensamiento, y con las costumbres de hoy, opuestas a la Iglesia.

Es una lucha descomunal y desproporcionada con un mundo alejado de DIOS y que acepta a un DIOS rebajado a la altura del hombre, no es el hombre quien quiere ascender a DIOS en sus brazos para llegar a Él, sino que quiere un dios rebajado a su capricho, a su modo de pensar y de ser, creando una religión mundana. Esto es desdichadamente el acontecer de las iglesias de parroquias con las predicaciones; ofrecer la religión católica no con lo sublime excelso que ya tiene por su carácter Divino sino de humano y rebajado, proponiendo una moral laxa corrupta, donde prácticamente ya no hay pecado, y si esto es mentira, entonces como se explica que la pornografía sea moneda corriente en los medios de comunicación, y por que la degradación del pudor reflejado en la moda de la mujer y que nadie dice nada por ser la moda, lo que se impone, y loco aquel que se oponga. Estos hechos palpables demuestran que hoy queremos una religión y una moral que satisfaga nuestros caprichos y deseos que no son los más puros; eso explica que pulule la impureza por doquier. Aquellos que quieren presentar una moral como la exige DIOS no tiene eco, no se les escucha, se prefiere lo otro.

Es exactamente lo que acontece hoy; y las personas que asisten a esta capilla deben comprender que esta no es una capilla común y corriente. Se exige el respeto a DIOS debido, que está en el sagrario y en el centro del altar, no sobre una mesa donde se celebra una cena, sino un altar donde se sacrifica, se inmola a Nuestro Señor como se inmoló en la Cruz pero realizado de un modo Sacramental e Incruento; donde se trata de adorar a DIOS en espíritu y verdad, manteniendo así la fe católica, apostólica y romana, y no una fe que se dice católica sin serlo, como en las otras capillas e iglesias.

Esa es la importancia de guardar el testimonio de la palabra, de la buena nueva, del Evangelio, que haya apóstoles generosos que lo dejen todo para predicar la palabra de DIOS y en el nombre de DIOS salvar las almas que están en el mundo como están los peces en el mar; así en el nombre de DIOS lograr su salvación. Esa es la misión de la Iglesia y la importancia de que la Iglesia guarde la verdad, guardar la verdad que la hace ser el cuerpo místico de Nuestro Señor JesuCristo.

Pidamos a la Santísima Virgen María meditar estas cosas para no ser católicos a medias, mundanos, sino de verdad tratar de reformarnos para no dejarnos llevar por el mundo que cada vez nos quiere absorber y en esa medida volvernos menos católicos y menos de DIOS. Imploremos a Ella que nos ayude a ser fieles testigos de DIOS y fieles transmisores de la palabra de Nuestro Señor JesuCristo para la salvación de las almas+

P. Basilio Méramo
16 de junio del 2002

domingo, 25 de junio de 2017

TERCER DOMINGO DESPUÉS DE PENTECOSTÉS


Amados hermanos en Nuestro Señor Jesucristo:

El Evangelio de hoy nos muestra el amor misericordioso de Nuestro Señor por la oveja perdida; ella es la humanidad, somos cada uno de nosotros, perdidos, alejados de Dios. El mismo viene, con su encarnación, a buscarnos para rescatarnos. Motivo por el cual cuando un pecador hace penitencia aquí en la tierra se alegran los ángeles del cielo. Tengamos siempre presente que nuestra condición como hombres es de miserables y viles pecadores, porque por buenos que nos creamos o que nos parezca que lo somos, en realidad no lo somos tanto, somos miserables y pobres pecadores; luego, como pecadores, ¿qué nos queda? Penitencia. La penitencia del pecador arrepentido produce mucha más alegría en el cielo que la de 99 justos, que la de 99 santos. La prueba de ello la tenemos con María Magdalena, la gran pecadora; todos somos en cierta forma como María Magdalena, traicionamos de uno o de otro modo el amor de Dios por nosotros.

Ofrezcámosle a Dios un corazón arrepentido y humillado, que es justamente lo que el Evangelio de hoy quiere decirnos con el pecador que hace penitencia.

Desgraciadamente, en apariencia se ha publicado el tercer secreto de Fátima y ante él, no viendo el mundo cumplidas las expectativas, se ha decepcionado; la gente se da cuenta de que no corresponde lo que se ha revelado con lo que en realidad sería o debería ser aquel tercer secreto. Es lamentable, por tanto, que desde Roma se nos engañe, porque hay en ello un engaño. Es manifiesto, basta con analizar las excusas que ellos mismos dan y queda manifiesta la mentira, el doblez, porque se quiere negar el carácter apocalíptico y profético del tercer secreto.

Como profecía de los últimos tiempos quedaría anulada; lo que era una profecía apocalíptica ha sido reducida a una simple visión, anulando de hecho que fuera un mensaje del cielo para nuestros tiempos, que la misma sor Lucía ya había señalado alrededor de los años sesenta, justo en la época preconciliar, cuando se estaba incubando el concilio que ha producido los desastres que hoy lamentamos. Sor Lucía hablaba del castigo inminente al padre Fuentes, un sacerdote mejicano que tenía por misión la causa de la beatificación de los dos niños de Fátima. Después, este sacerdote fue desbancado, porque dijo algunas cosas referentes al tercer secreto que sor Lucía le había comunicado, incluso que estábamos en los últimos tiempos.

Ahora, el cardenal Ratzinger niega el contenido apocalíptico -como buen alemán que es-, dice tranquilamente que a causa de los católicos tradicionalistas se ha difundido eso de ser algo apocalíptico. Falso, porque de ello ya hablaron el mismo monseñor Venancio, Obispo de Fátima, cuando se refirió expresamente a la apostasía, al misterio de iniquidad. Posteriormente Monseñor Do Amaral también se pronunció al referir que la pérdida de la fe en un continente era peor que la aniquilación de toda una nación y que incumbía a la fe. Es más, se cuenta del terrible presagio que tuvo el papa Luciani, Juan Pablo I, quien siendo aún cardenal, fue en una peregrinación a Coimbra y luego de una conversación de dos horas con sor Lucía, salió pálido. Eso ocurrió en los años setenta (1977); poco después, ya de regreso en Italia, su hermano y su cuñada lo ven angustiado y pálido durante la comida y preocupados le preguntan acerca de su salud (pues hace ya dos días que lo ven así), o si la comida le había caído mal, a lo que él respondió que estaba pensando en lo que sor Lucía le había dicho del tercer secreto. "Es terrible", concluyó.

Entonces, ¿cómo van a decir ahora que no tiene nada que ver? Que no son cosas referidas a los últimos tiempos, si sor Lucía también le dijo al Padre Fuentes: "Padre, qué falta para 1960, la Virgen no lo ha dicho, pero me lo ha hecho entender, que estamos en los últimos tiempos. Ella misma habló del castigo inminente, de la desorientación diabólica, de la ceguera de quienes tienen los puestos de alta responsabilidad dentro de la Iglesia, que parecían ciegos guiando a otros ciegos". En sus cartas ella misma le hizo la confidencia de que estaban en las Escrituras y señaló los capítulos VIII al XIII del Apocalipsis. Entonces, ¿cómo va a decir el cardenal Ratzinger que somos los católicos tradicionalistas? ¡Que no sea mentiroso! Y agrega que no se había revelado antes por no obstaculizar las relaciones con el comunismo. ¡Qué vergüenza!, pero así es. ¿Acaso obstaculiza en algo lo que ellos ahora han publicado? Ni fu ni fa le afecta a Rusia lo que han revelado, eso no obstaculizaría la política de connivencia con el comunismo. Pero tales estupideces y mentiras no son más que el diablo pisándose la cola. También comentó Juan Pablo
II, que no quería que las cosas allí dichas fuesen aprovechadas sensacionalmente para confundir, para que el mundo no se aterre, y ¿qué sensacionalismo puede haber en lo que han dicho? Ninguno; la gente no lo creyó y se decepcionó.

¿Dónde está pues el sentido de toda esta mentira, de todo el engaño? El mismo cardenal Ratzinger en Entretien sur la foi le dice a Vittorio Messori, quien le pregunta si había algo de apocalíptico, de terrible, y él dice: "Bueno, si llegase a haber tal cosa...", y no quiso decir más, y para terminar explicaba que eso ya estaba en la Escritura. Pues en la Escritura no está nada de lo que ellos han dicho y eso consta en el libro, editado en francés, en las páginas 128 y 129; hoy ya no se acuerda... El diablo pisándose la cola. Juan XXIII, al respecto, dijo que aquello no sería en su pontificado. Con lo que han revelado se oculta el contenido apocalíptico y que tiene mucho que ver con el Sumo Pontificado, por eso no han querido revelar el tercer secreto, ni antes ni ahora.

A este respecto, también el papa Pío XII envió a un padre de Rusia, de algún instituto en Roma, comisionado para que fuera a ver a sor Lucía y este padre, después de volver, le afirmó a uno de sus confidentes que si bien él no podía decir nada, el secreto constaba de una parte referida al Papa, y la otra, la consecuencia lógica de las palabras: "En Portugal se conservará siempre el dogma de la fe"; lo que han revelado no encaja ni con esas palabras ni con el final del texto que dice: "Al fin mi Inmaculado Corazón triunfara".

Es grave, pero eso nos debe hacer abrir los ojos. Monseñor Venancio, Obispo de Fátima, llegó a hablar de apostasía, de misterio, de iniquidad, y no se puede decir que fue tradicionalista. Monseñor Do Amaral, también Obispo de Fátima, decía que la pérdida de la fe en un continente era peor que la aniquilación, refiriéndose al tercer secreto. Entonces, ¿cómo nos van a salir con este cuento que no convence a nadie, pero sí se quiere eclipsar el carácter profético de Fátima, que no es simplemente una visión? Es un mensaje y un mensaje apocalíptico y ¿qué hay de todo ello? Nada. Realmente da qué pensar si el Anticristo no anda ya campeando en Roma. "Roma perderá la fe y será la sede del Anticristo", terrible, pero así es. Al Anticristo no le conviene que se hable de parusía, porque sabe que en aquel día se le acabará su chiste, el juego, la mentira, el engaño, la profanación; es lamentable, pero debo decirlo; es imposible callar.

Además, si fuera cierto lo que publicaron, aunque no íntegramente, porque bastaría quitarle dos o tres palabras, como por ejemplo, esto: después de relatar que el Papa, los obispos que estaban ahí, las monjas y los curas fueron muertos, se dijera que eso ocurrió por la pérdida de la fe. Ya se entiende, en vez de poner soldados, que fueran ángeles (porque ahí se vería que fueron muertos por haber perdido la fe), eso sería otra cosa y qué simple y sencillo es quitar dos o tres palabras; ya se entendería.

Además, decir que eso se refería al atentado de Juan Pablo II es mentira, porque no es sólo él quien muere; lo que dicen allí, es que mueren él, los cardenales, obispos, monjas y curas; entonces el atentado tendría que haber sido no solamente contra él. Hay otra mentira más; está bien que el mundo esté imbecilizado, pero aquel que tiene la fe y permanece firme en la fe no puede ser un estúpido, y por eso hay que protestar y decirlo públicamente, para que ellos dejen de hacer la obra de Satanás; más les hubiera valido que no dijeran nada y si eso que revelaron era tal cual lo escribió sor Lucía, entonces ¿por qué no lo publicaron antes? ¿a quién le hubiera molestado, estorbado o aterrado? A nadie, pero sin embargo Pío XII no lo quiso leer por la información que le diese el padre comisionado; lo leyó Juan XXIII y no lo quiso publicar; Pablo VI igualmente, y ahora, por último, Juan Pablo II tampoco, pues terminar por inventarse esta patraña que es un insulto a Nuestra Señora, a Dios. ¿Cómo osan manipular así las cosas de Dios? A tal punto han perdido la fe y con ella el respeto a Dios. ¿Es que acaso no tienen miedo éstos que parecen haber perdido toda gracia del cielo para atreverse a hacer una cosa así? ¡Qué profanación aberrante! Quien no lo vea así es porque no tiene fe o porque en resumidas cuentas le importa muy poco lo que diga Nuestra Señora y entonces, ¿dónde queda aquel totus tuum, el "todo tuyo"?, ¿en dónde está la verdadera devoción hacia la Santísima Virgen María?, ¿o es que ahora da todo lo mismo? ¡Eso parece ser!

Hay que reaccionar, hay que pedirle a Dios el poder permanecer fieles, no caer en este tremendo engaño en el cual toda la prensa mundial manejada por el judaísmo ha caído, al dejar las cosas así, porque tal parece que son los mismos y que entre ellos se entienden; no son los hijos de Dios, son los hijos de las tinieblas y eso ya lo decía sor Lucía -que los hijos de las tinieblas eran más astutos que los buenos; siempre iban adelante; y los buenos, rezagados, miedosos-. Eso no puede ser, si el mal avanza es porque los buenos somos tontos, por falta de valentía, por pura cobardía y eso es un pecado. "Hombres de poca fe", dijo Nuestro Señor a los apóstoles en ese momento, cuando los vio con miedo, por cobardes, al no tener fe firme.

Pidámosle a Nuestra Señora que nos ayude, que nos asista para mantenernos fieles; debemos hacer penitencia y sacrificio hoy más que nunca, hoy, cuando estamos en los últimos tiempos, como dijo sor Lucía, y perseverar en la fe, porque el tercer secreto de Fátima viene a precisar el dato trágico de la pérdida de fe y todo por culpa de la misma jerarquía.

Lo que en resumidas cuentas constituye el verdadero motivo por el cual no han querido publicar la verdad al inventar un remedo, que si no es invento, por lo menos está mutilado al dejarlo en una simple visión que carece de relación alguna con lo que está pasando, sin ningún interés apocalíptico como contrariamente profetiza Fátima.

Invoquemos a Nuestra Señora para que nos ayude a perseverar en la Santa Madre Iglesia Católica aunque se vea reducida a su mínima expresión, la cual comparara Nuestro Señor con un pequeño rebaño. +

BASILIO MERAMO PBRO.
2 de julio de 2000


viernes, 23 de junio de 2017

Sermón de la Fiesta del Sagrado Corazón de Nuestro Señor Jesucristo


Amados hermanos en nuestro Señor Jesucristo:
Después de celebrar el primer domingo del tiempo de Pentecostés y el misterio de la Santísima Trinidad, la Iglesia quiere conmemorar, próxima a esa fecha y durante este mes de junio, la fiesta del Sagrado Corazón de Jesús, que relativamente es nueva o moderna, pero que es tan antigua como es el amor de Dios y más aún el amor de nuestro Señor Jesucristo crucificado. El corazón es el símbolo, el signo, la imagen que expresa y que manifiesta ese amor; éste, aun en los humanos; pero el humano es apenas el reflejo divino, del de Dios, y por eso la celebración de hoy nos manifiesta el amor divino de nuestro Señor que Encarnado se inmola en la Cruz.

Dios es en sí mismo amor y se refleja en esa vida de la Santísima Trinidad que a sí mismo se basta, que no necesita absolutamente de nada; pero como el querer es difusivo de sí como el bien que se desborda hacia afuera por amor, Dios crea el universo y a nosotros. Pero no solamente nos crea por ello, sino que quiere también que gocemos eternamente de él, y por eso, todo el universo debe converger hacia Él a través de las criaturas inteligentes como los ángeles y los hombres.

Y ese primer rechazo a la adoración de Dios en esa primera gran apostasía de los ángeles, de las virtudes de los cielos que debían corresponderle libremente, pero muchos no lo hicieron, condenándose así eternamente en el infierno, que es la carencia, la falta de adhesión a Dios; solamente así se explica sin excluir el motivo de la justicia, sobre todo hoy, el infierno que quieren negar, porque se preguntan cómo es posible que si Dios es bueno exista el infierno. Pero es que el querer de Dios tiene sus exigencias; todo es por adoración y ésta exige una correspondencia de la criatura que ha sido creada con inteligencia y voluntad para conocer, amar y servir a Dios; por eso hay que tener en cuenta esas características ineludibles del amor. Porque éste en sí mismo es exclusivo, absoluto, no admite otra cosa; es categórico, donde no existe, por vía de los contrarios hay odio, y de ahí el gran dilema de nuestra respuesta libre a ese querer de Dios, a esa elección que cada uno debe hacer y que hará no solamente a todo lo largo de su vida sino en el último instante de su paso por esta tierra.

La Iglesia es imagen de ese amor que tiene nuestro Señor a los hombres; por eso el matrimonio es imagen de esa unión de la Iglesia con Dios. Y la Iglesia siempre ha insistido en que es indisoluble; aun el mismo matrimonio natural es exclusivo y no acepta divisiones y de ahí la desgracia del hombre si no elige bien. No basta, como piensa el actual mundo, cualquier amor, o como también acontece, llamarle así a cualquier cosa, profanando el divino. Hay exclusión de otra concepción; la salvación fuera de nuestro Señor, de la Iglesia, no existe y no puede existir, son las exigencias de ese amor divino. Y son tan terribles esas demandas, tan celoso es el amor, que si no se responde, está y existe la condenación eterna, ese estado de falta de caridad y de eterna desesperación en el odio por no estar sustentados en el querer de Dios.

Esas llamas que afligen los sentidos, el cuerpo, no harían sino distraer un poco el dolor del alma en ese estado de desamor y de odio; para que nos demos cuenta como pálida imagen de lo que quiero decir, como cuando tenemos un dolor fuerte, si aparece esta molestia en alguna otra parte del cuerpo distrae la intensidad del inicial; así, lo peor del infierno no serían las llamas eternas sino el estado de oposición a Dios, de falta de amor a Él y, por ende, de odio. Muy distinto es el cielo para aquellos que responden al querer divino, donde se goza amando.

Esa es la importancia de la elección permanente y constante que debemos hacer todos los días, hasta el último suspiro, pidiéndole a nuestro Señor la gracia de la perseverancia final y que no nos dejemos eclipsar por falsos amores que nos separan de Dios; como decía San Agustín: “Dos amores crearon dos ciudades, el amor de Dios hasta el desprecio de sí mismo creó la ciudad de Dios, y el amor de sí mismo hasta el desprecio de Dios, creó la ciudad del hombre”. Esta última ciudad es la que tiene carta de residencia, la de la revolución, la del nuevo orden mundial, la del imperio no solamente de las finanzas que dominan el mundo, sino del dominio del príncipe de este mundo que culminará con el reino del anticristo por no haber aceptado el Reino de Cristo, por no haber aceptado la ciudad de Dios.

Pero así y todo, el Sagrado Corazón nos promete su victoria final sobre todo mal. Esa es nuestra gran esperanza, porque solamente así podemos perseverar, si somos fieles al amor de nuestro Señor. Fidelidad para con la Iglesia católica, apostólica y romana; no se puede eludir y no por una falsa concepción de Iglesia como pretende la libertad religiosa que hace facultativa esa respuesta de amor a nuestro Señor. No es autoritaria, es grave, es una exigencia del amor que es más fuerte que la muerte y cuando no se le responde, engendra la muerte. Ese es el terrible estado de separación, de ruina eterna de las almas que se condenan.

Debemos en consecuencia cada día mirar nuestra salvación con la esperanza que nos da el Sagrado Corazón. Esa confianza tiene un nombre y se llama fidelidad. Que tengamos a nuestro Señor Jesucristo, que guardemos su palabra porque quien le ama la guarda, como Él mismo lo dice. Tenemos que defender su palabra. Esa es la misión de la Fraternidad Sacerdotal San Pío X, guardar la palabra y el Evangelio de Dios, el depósito de la fe en medio del mundo impío donde el enemigo ha copado todos los puestos de gobierno y ha infiltrado la Iglesia; eso es lo que quieren decir todos los mensajes de nuestra Señora, eso mismo nos dice la Sagrada Escritura, que nuestro combate como cristianos católicos, como fieles a nuestro Señor no es un combate contra la carne, o sea contra los hombres de carne y hueso, sino que en última instancia es contra espíritus malignos, contra Satanás.

Mirado con ojos de fe, es el terrible estado en el que nos encontramos. Por eso, monseñor Lefebvre no quiso inventar nada sino simplemente transmitir como un apóstol de la Iglesia, como un verdadero misionero, lo que él recibió y quiso legarlo hasta el fin. Esa es la misión de la Fraternidad como la única institución de la Iglesia, que como tal quiere y mantiene viva esa palabra de Dios, no a medias, no con componendas, sino con la libertad de los hijos de Dios, de la palabra de Dios, del Espíritu Santo que sopla por doquier.

Ahí está el origen del ataque contra esta institución y por eso el “sambenito” que nos toca llevar con mucha altura no solamente a los sacerdotes sino también a los fieles, sin asustarnos, para poder fielmente corresponder a ese amor de Dios. No es que la Fraternidad se crea la Iglesia, sino que es la parte sana de la Iglesia que defiende públicamente la palabra divina, porque se trata de los actos públicos, ya que los actos privados de nada sirven cuando el debate es público. Eso fue lo que siempre quiso la revolución, que el sacerdote y la religión no salieran de la sacristía y eso se nos pide, que no hablemos, que no gritemos, que no digamos, y esa es la oposición. Todos los fieles tenemos que entenderlo para permanecer unidos en la verdad y en la fidelidad al amor de Dios, salvar las almas, poder convertir a aquellos que de buena voluntad estén en el error, y defendernos del enemigo hasta que se conviertan. Porque la Iglesia espera que algún día llegue la conversión de los judíos, del pueblo elegido, que por rechazar el amor de Cristo azota a la Iglesia hasta ese momento de su conversión y por eso la Iglesia gime con dolores de parto.

Debemos por lo mismo pedirle a nuestra Señora, a Ella, que tuvo ese amor inigualable y virginal, excelso. Nadie puede amar a Dios y a nuestro Señor Jesucristo como Ella le amó, porque correspondió plena y virginalmente a ese amor. Amor virginal que el mundo tiene olvidado y que, antaño, cuando alguien se casaba, siempre se tenía en mente la virginidad, la fidelidad de la mujer que contraía las nupcias, símbolo de esto es el vestido blanco que hoy ha perdido su significación. Nuestra Señora es entonces la expresión del amor limpio que corresponde a nuestro Señor. También el amor puro de San Juan, el discípulo amado entre todos los discípulos por haber permanecido virgen, es decir fiel, adhesión espiritual sin contaminación, sin corrupción.

Por eso también la Iglesia celebra la fiesta de las Vírgenes, de las mujeres vírgenes; con los hombres habla de doctores, confesores porque hay toda una concepción que irradia y representa ese amor. Amor que como ejemplo de pureza dio nuestra Señora con su vida. Pidámosle a Ella que espiritualmente permanezcamos vírgenes en esa respuesta de amor para excluir el pecado que nos corrompe, contamina y separa de Dios. Esa es la santidad que pide a todos nosotros la Santa Madre Iglesia. +

PADRE BASILIO MÉRAMO
7 de junio de 2002



DEVOCION AL SAGRADO CORAZON DE NUESTRO SEÑOR JESUCRISTO



Nuestro Señor JesuCristo hizo a Santa Margarita María de Alacoque las siguientes promesas para todos los devotos de su Sagrado corazón:
1. Les daré todas las gracias necesarias a su estado.
2. Daré paz a sus familias.
3. Los consolaré en todas sus aflicciones.
4. Seré su amparo y refugio seguro durante su vida, y principalmente en la hora de la muerte.
5. Bendeciré abundantemente sus obras que redunden en mi mayor gloria.
6. Los pecadores hallarán en mi Corazón la fuente y el océano infinito de misericordia.
7. Las almas tibias se harán fervorosas.
8. Las almas fervorosas se elevarán con rapidez a gran perfección.
9. Daré a los sacerdotes la gracia de mover los pecadores más endurecidos.
10. Bendeciré las casas en que la imagen de mi Corazón sea expuesta y honrada.
11. Las personas que propaguen esta devoción tendrán su nombre escrito en mi Corazón y jamás serán borrados de él.
12. Yo te prometo, en la excesiva misericordia de mi Corazón, que mi amor todopoderoso otorgará a cuantos comulguen nueve primeros viernes de mes seguidos, la gracia de la penitencia final; no morirán privados de mi gracia ni de recibir los sacramentos, pues mi divino Corazón se convertirá para ellos en seguro asilo en aquella hora postrera.

¿Dónde inicia la devoción al Corazón de Cristo? La devoción al Corazón de Cristo comienza la tarde del Viernes Santo, en ese momento de la vida del Señor de plena pasión cuando Juan, el discípulo amado, María, la Madre de Jesús y María Magdalena la pecadora arrepentida, contemplan a Cristo crucificado, y con sus ojos ven como un soldado, una vez que Cristo ha muerto, con una lanza le abre el costado y detrás de este costado se deja ver el Corazón del Señor. La lanzada no fue un sufrimiento más, Jesús tuvo muchos sufrimientos en su pasión, ya estaba muerto cuando el soldado le atravesó el costado. Es un signo profundo, es cómo el Padre quiere que quede para siempre Jesucristo: con su costado, con su Corazón abierto de par en par. Cristo, ya muerto, es rasgado en su Corazón que tanto ha amado, y que tanto ha sufrido. Y queda así, con el Corazón abierto para toda la eternidad. Juan contempla al nuevo Adán dormido en la Cruz, y de cuyo costado abierto brota agua y sangre, es decir brota la Iglesia, su esposa, la nueva Eva. Por eso Jesús es el nuevo Adán y nosotros, somos la nueva Eva, porque el agua significa el bautismo, por el cual entramos en la Iglesia, y la Sangre simboliza la Eucaristía, la plenitud de vida en ella.

En la escritura se hace referencia al Corazón como la interioridad de Jesús. Hablar del Corazón de Jesús desde la Sagrada Escritura, en pocas palabras, es afirmar en Jesús, Dios nos ama con un Corazón de carne. La Sagrada Escritura nos ayuda a comprender que la devoción al Corazón de Cristo no es ninguna ideología, sino una experiencia de amistad.

Después de la Sagrada Escritura, llegan los Santos Padres, los grandes escritores de la antigüedad. También en ello aparece la devoción al Corazón de Cristo. Los Santos Padres han puesto su mirada, en el costado abierto de Cristo en la Cruz y del costado han llegado a la intimidad del Señor. El Corazón simboliza lo más íntimo, lo más profundo del ser de la persona y han visto como de este costado abierto de Cristo en la Cruz ha nacido la Iglesia. No ha pasado desapercibido a los Santos Padres el costado abierto del Señor con un Corazón redentor, es decir, las entrañas de misericordia de Jesús que se entrega sin reservas para que todos lo hombres descubran al Dios verdadero que es amor y tengan vida y vida en abundancia.

Después de los Santos Padres a lo largo de la historia de la santidad de la Iglesia, muchos Santos han sido tocados por la gracia para profundizar una dimensión muy cercana a nuestra espiritualidad: la humanidad de Cristo. Llegamos así a Santa Margarita María Alacoque, que es una figura clave del siglo XVII en la devoción al Corazón de Cristo en su etapa moderna. A ella el Corazón de Cristo le reveló como su amor redentor arde hacia todos los hombres. Durante la adoración eucarística contempló como Jesús le mostró ese Corazón que tanto ha amado a los hombres y que en recompensa es despreciado. Desde que ella tuvo estas revelaciones, estas gracias especiales, se difundió por toda Iglesia el culto y la devoción al Sagrado Corazón, en sus expresiones de Consagración y Reparación.



¿Y qué dice el Magisterio? El Magisterio son las enseñanzas de la Iglesia, de los Concilios y de los Papas: Recordamos al Papa León XIII que consagró al mundo a este Corazón humano de Jesús, verdadero Dios y verdadero hombre.


Después Pío XI, 1928, escribió la Encíclica “Miserentisimus Redentor”, sobre la devoción al Corazón del Señor, llamando a los hombres a tomarse en serio este amor, porque ahí está la esperanza y la salvación del Mundo y la fuerza capaz de frenar la violencia y el mal que reinaban durante esos años en Europa y en todo el mundo.


Años más tarde, después del horror de las guerras mundiales, Pío XII escribió la Encíclica más importante “Ahurietis Aquas” en la que se habla de la verdadera devoción al Corazón de Cristo, de lo sustantivo de esta devoción, que es lo que va mas allá de las culturas y de los tiempos, y de lo adjetivo, que puede irse modificando según las circunstancias. Es una Encíclica llena de esperaza que ayuda a recuperar el sentido de la vida.

Santa Margarita María Alacoque

Toda la vida de Margarita María es una filigrana del amor de Dios, que la eligió como discípula predilecta de su Corazón, y no obstante ese amor, no la eximió del sufrimiento, sino que como a su Hijo único, quiso asociarla a su pasión hasta configurarla con Él y hacerla viva imagen suya. Por eso, su trayectoria vital está entramada de gozos y a la vez, de incomprensiones, obstáculos y dificultades de todo tipo.

Margarita nació el 22 de julio de 1647 en el pequeño pueblo de Lautecour en Francia. Su padre Claudio Alacoque, juez y notario. La mamá Filiberta Lamyn. Los hijos son cinco. La menor es Margarita. El párroco, Antonio Alacoque, tío suyo, la bautizó a los tres días de nacida. Ella dice en su autobiografía que desde pequeña le concedió Dios que Jesucristo fuera el único dueño de su corazón. Y le concedió otro gran favor: un gran horror al pecado, de manera que aun la más pequeña falta le resultaba insoportable.

Dice que siendo todavía una niña, a la edad de 5 años, un día en la elevación de la Santa Hostia en la Misa le hizo a Dios la promesa de mantenerse siempre pura y casta. Voto de castidad.
Aprendió a rezar el rosario y lo recitaba con especial fervor cada día y la Virgen Santísima le correspondió librándola de muchos peligros.

La llevaron al colegio de las Clarisas y a los nueve años hace La Primera Comunión. Dice "Desde ese día el buen Dios me concedió tanta amargura en los placeres mundanos, que aunque como jovencita inexperta que era a veces los buscaba, me resultaban muy amargos y desagradables. En cambio encontraba un gusto especial en la oración".

Vino una enfermedad que la tuvo paralizada por varios años. Pero al fin se le ocurrió consagrarse a la Virgen Santísima y ofrecerle propagar su devoción, y poco después Nuestra Señora le concedió la salud.

Era muy joven cuando quedó huérfana de padre, y entonces la mamá de Don Claudio Alacoque y dos hermanas de él, se vinieron a la casa y se apoderaron de todo y la mamá de Margarita y sus cinco niños se quedaron como esclavizados. Todo estaba bajo llave y sin el permiso de las tres mandonas mujeres no salía nadie de la casa. Así que a Margarita no le permitían ni siquiera salir entre semana a la iglesia. Ella se retiraba a un rincón y allí rezaba y lloraba. La regañaban continuamente.

En medio de tantas penas le pareció que Nuestro Señor le decía que deseaba que ella imitara lo mejor posible en la vida de dolor al Divino Maestro que tan grandes penas y dolores sufrió en su Pasión y muerte. En adelante a ella no sólo no le disgusta que le lleguen penas y dolores sino que acepta todo esto con el mayor gusto por asemejarse lo mejor posible a Cristo sufriente.

Lo que más la hacía sufrir era ver cuán mal y duramente trataban a su propia madre. Pero le insistía en que ofrecieran todo esto por amor de Dios. Una vez la mamá se enfermó tan gravemente de erisipela que el médico diagnosticó que aquella enfermedad ya no tenía curación. Margarita se fue entonces a asistir a una Santa Misa por la salud de la enferma y al volver encontró que la mamá había empezado a curar de manera admirable e inexplicable.

Lo que más le atraía era el Sagrario donde está Jesús Sacramentado en la Sagrada Hostia. Cuando iba al templo siempre se colocaba lo más cercana posible al altar, porque sentía un amor inmenso hacia Jesús Eucaristía y quería hablarle y escucharle.

A los 18 años por deseo de sus familiares empezó a arreglarse esmeradamente y a frecuentar amistades y fiestas sociales con jóvenes. Pero estos pasatiempos mundanales le dejaban en el alma una profunda tristeza. Su corazón deseaba dedicarse a la oración y a la soledad. Pero la familia le prohibía todo esto.

El demonio le traía la tentación de que si se iba de religiosa no sería capaz de perseverar y tendría que devolverse a su casa con vergüenza y desprestigio. Rezó a la Virgen María y Ella le alejó este engaño y tentación y la convenció de que siempre la ayudaría y defendería.

Un día después de comulgar sintió que Jesús le decía: "Soy lo mejor que en esta vida puedes elegir. Si te decides a dedicarte a mi servicio tendrás paz y alegría. Si te quedas en el mundo tendrás tristeza y amargura". Desde entonces decidió hacerse religiosa, costara lo que costara.
En el año 1671 fue admitida en la comunidad de La Visitación, fundada por San Francisco de Sales. Entró al convento de Paray-le=Monial. Una de sus compañeras de noviciado dejó escrito: "Margarita dio muy buen ejemplo a las hermanas por su caridad; jamás dijo una sola palabra que pudiera molestar a alguna, y demostraba una gran paciencia al soportar las duras reprimendas y humillaciones que recibía frecuentemente".

La pusieron de ayudante de una hermana que era muy fuerte de carácter y ésta se desesperaba al ver que Margarita era tan tranquila y callada. La superiora empleaba métodos duros y violentos que hacían sufrir fuertemente a la joven religiosa, pero esta nunca daba la menor muestra de estar disgustada. Con esto la estaba preparando Nuestro Señor para que se hiciera digna de las revelaciones que iba a recibir.

El 27 de diciembre de 1673 se le apareció por primera vez el Sagrado Corazón de Jesús. Ella había pedido permiso para ir los jueves de 9 a 12 de la noche a rezar ante el Santísimo Sacramento del altar, en recuerdo de las tres horas que Jesús pasó orando y sufriendo en el Huerto de Getsemaní.

De pronto se abrió el sagrario donde están las hostias consagradas y apareció Jesucristo como lo vemos en algunos cuadros que ahora tenemos en las casas. Sobre el manto su Sagrado Corazón, rodeado de llamas y con una corona de espinas encima, y una herida. Jesús señalando su corazón con la mano le dijo: "He aquí el corazón que tanto ha amado a la gente y en cambio recibe ingratitud y olvido. Tú debes procurar desagraviarme". Nuestro Señor le recomendó que se dedicara a propagar la devoción al Corazón de Jesús porque el mundo es muy frío en amor hacia Dios y es necesario enfervorizar a las personas por este amor.

Durante 18 meses el Corazón de Jesús se le fue apareciendo. Le pidió que se celebrara la Fiesta del Sagrado Corazón cada año el Viernes de la semana siguiente a la fiesta del Cuerpo y la Sangre de Cristo (Corpus).

El Corazón de Jesús le hizo a Santa Margarita unas promesas maravillosas para los que practiquen esta hermosa devoción. Por ejemplo "Bendeciré las casas donde sea expuesta y honrada la imagen de mi Sagrado Corazón. Daré paz a las familias. A los pecadores los volveré buenos y a los que ya son buenos los volveré santos. Asistiré en la hora de la muerte a los que me ofrezcan la comunión de los primeros Viernes para pedirme perdón por tantos pecados que se cometen", etc.

Margarita le decía al Sagrado Corazón: "¿Por qué no elige a otra que sea santa, para que propague estos mensajes tan importantes? Yo soy demasiado pecadora y muy fría para amar a mi Dios". Jesús le dijo: "Te he escogido a ti que eres un abismo de miserias, para que aparezca más mi poder. Y en cuanto a tu frialdad para amar a Dios, te regalo una chispita del amor de mi Corazón". Y le envió una chispa de la llama que ardía sobre su Corazón, y desde ese día la santa empezó a sentir un amor grandísimo hacia Dios y era tal el calor que le producía su corazón que en pleno invierno, a varios grados bajo cero, tenía que abrir la ventana de su habitación porque sentía que se iba a quemar con tan grande llama de amor a Dios que sentía en su corazón

Nuestro Señor le decía: "No hagas nada sin permiso de las superioras. El demonio no tiene poder contra las que son obedientes".

Margarita enfermó gravemente. La superiora le dijo: "Creeré que sí son ciertas las apariciones de que habla, si el Corazón de Jesús le concede la curación". Ella le pidió al Sagrado Corazón que la curara y sanó inmediatamente. Desde ese día su superiora creyó que sí en verdad se le aparecía Nuestro Señor. 

Dios permitió que enviaran de capellán al convento de Margarita a San Claudio de la Colombiere y este hombre de Dios que era jesuita, obtuvo que en la Compañía de Jesús fuera aceptada la devoción al Corazón de Jesús. Desde entonces los jesuitas la han propagado por todo el mundo.
Margarita fue nombrada Maestra de novicias. Enseñó a las novicias la devoción al Sagrado Corazón (que consiste en imitar a Jesús en su bondad y humildad y en confiar inmensamente en Él, en ofrecer oraciones y sufrimientos y misas y comuniones para desagraviarlo, y en honrar su santa imagen) y aquellas jóvenes progresaron rapidísimo en santidad. Luego enseñó a su hermano (comerciante) esta devoción y el hombre hizo admirables progresos en santidad. Los jesuitas empezaron a comprobar que en las casas donde se practicaba la devoción al Corazón de Jesús las personas se volvían mucho más fervorosas.

El Corazón de Jesús le dijo: "Si quieres agradarme confía en Mí. Si quieres agradarme más, confía más. Si quieres agradarme inmensamente, confía inmensamente en Mí".
Antes de morir obtuvo que en su comunidad se celebrara por primera vez la fiesta del Sagrado Corazón de Jesús.

El 17 de octubre de 1690 murió llena de alegría porque podía ir a estar para siempre en el cielo al lado de su amadísimo Señor Jesús, cuyo Corazón había enseñado ella a amar tanto en este mundo.

Digamos de vez en cuando las dos oraciones tan queridas para los devotos del Sagrado Corazón: "Jesús manso y humilde de corazón, haz nuestro corazón semejante al tuyo"."Sagrado Corazón de Jesús. En voz confío".

domingo, 18 de junio de 2017

SEGUNDO DOMINGO DESPUÉS DE PENTECOSTÉS


Amados hermanos en Nuestro Señor Jesucristo:


No quiero dejar pasar inadvertido el hecho de que el jueves pasado fue la fiesta de Corpus Christi, que pasó eclipsada por los avatares del mundo moderno, como era de esperarse en un mundo impío que no permite que se rinda la debida gloria a Dios. La prueba de ello está en que pasan estas fechas importantes y en aras de esa misma actividad no se les permite a los fieles, aun queriéndolo, glorificar a Dios, asistir a la Santa Misa celebrada con el esplendor y la gloria que ameritan ocasiones como la de Corpus Christi.

Hoy trae el Evangelio la parábola de los convidados que se excusan ante la invitación de unas bodas, y puede que nos asombre esa actitud, la ira de quien convida ante los invitados que se niegan a asistir con muy buenas excusas en apariencia, humanamente miradas, pero que en realidad no tienen validez, porque ante Dios, cuando Él llama, ninguna razón es suficiente para negarse. Si no entendemos esto aquí en la tierra, lo entenderemos de un solo golpe y hasta el
estremecimiento de nuestra alma, el día en que comparezcamos ante El. Bajo ningún aspecto, esas excusas que nos parecen válidas, humanamente hablando, lo son. Porque es Dios quien nos llama. Dios, que es la plenitud de ser, que es el bien sumo, la suma perfección, la suma bondad, la suma caridad, que es nuestro principio y nuestro fin último. Por tanto, ningún hombre puede justificar un rechazo ante el llamado de Dios, El llama a todos los hombres, sin distinción.

Dice Santo Tomás que Dios da siempre todo lo necesario para la salvación del alma y quien no se salva es por su propia culpa ya que libremente la rechaza; la libertad rechaza a Dios y por eso el alma se condena.

Esta parábola de los excusados la debemos conocer todos nosotros. Como siempre le sacamos el cuerpo a Dios, no ocupa para nosotros el primer lugar y lamentablemente, hay que decirlo, los cristianos, nosotros, los católicos, muchas veces -si no es la mayoría de las veces- tenemos a Dios como objeto de segunda categoría. Hay que reconocer esa miseria; no lo tenemos como si fuese lo único, lo más importante y a todo lo demás como añadidura; no, la prueba está en que si
nosotros examinamos cada uno nuestra vida, ¿en qué depositamos nuestros deseos? ¿Nuestras esperanzas? ¿Nuestros objetivos?

No digo ya que en el mundo, porque el mundo está condenado por su propia naturaleza, el mundo rechaza a Dios; pero los católicos, que no rechazamos a Dios, que decimos adorar a Dios, en realidad no amamos a Dios sobre todas las cosas, y eso es triste, muy triste, no ponemos a Dios en el lugar que debe tener en nuestra vida, en nuestra existencia y así lo dejamos relegado a objeto de segunda categoría. ¡Cuántos prefieren su familia, su mujer, sus hijos, su herencia, su trabajo, su profesión, su progreso, sus riquezas o aun en la pobreza desean otra cosa que no es
Dios, como ganarse la lotería, ser rico, viajar, gastar, gozar!

Y en eso nos pasamos toda la vida, y si nos hablan de Dios, no digo el ateo que no cree, sino el católico, éste responde: Sí, voy a Misa (pero muchas veces como una obligación y no de corazón), o rezo para no perder la costumbre (en el mejor de los casos), pero sin verdadera devoción interior; todo eso se convierte en una religión superflua, de boca hacia fuera, pero no hay verdadera oración interior, no es el alma la que ora. Así transcurre nuestra vida, distraídos, vil y miserablemente distraídos, ¿por qué? Por no tener la mirada puesta en Dios, la mirada puesta en el cielo, sino que miramos desgraciadamente demasiado hacia esta tierra y nos duele todo aquello que representa un trabajo o un sacrificio por Dios, mucho más en el mundo moderno. La maldita, miserable y diabólica televisión, que es el pan de cada día, pero decimos: "en eso no hay nada de malo".

Es que aunque no hubiera nada de malo y que todos los programas fuesen buenos, nos distrae estúpidamente, porque vivimos sin reflexionar, sin pensar para qué vivimos y por qué vivimos. Si no entendemos esto ahora, lo vamos a entender y de un solo golpe cuando nos llegue el momento de comparecer delante de Dios. ¡Ay del susto, del pánico que nos dará...!

De ahora en adelante debemos prepararnos y enfocar toda nuestra vida hacia Dios; no nos excusemos: he comprado bueyes o lo que sea, un carro, un vestido, unos zapatos y no puedo ir, que me he casado y no puedo asistir. Nos demuestra Dios que ni los objetos materiales, ni los objetos morales o espirituales como la familia y los bienes de la familia son válidos para anteponerlos a Dios y esa es la razón, la moraleja de esta parábola de los convidados que se excusan. Se justifica la indignación de quien invita. Reflexionemos y que esta parábola nos sirva de guía.

Nos recomienda además la liturgia de este día en la primera epístola de San Juan, que no debemos olvidar, no debemos extrañarnos si el mundo nos aborrece. Es normal que el mundo nos aborrezca. Si el mundo no aborrece al católico, es un grave síntoma, porque un mundo separado de Dios, opuesto a Dios, en consecuencia aborrece a los que son de Dios. No busquemos la amistad del mundo, la connivencia con el mundo, la fraternidad con el mundo. La amistad a la manera del mundo, como tantas veces la deseamos en nuestra vida social, nos forma espíritus que terminan por despreciar a Dios, alejándose de Dios. Es esto lo que corrompe las sociedades, porque las elites sociales no buscan a Dios, buscan congraciarse con el mundo, empezando por el presidente y hasta el último de los integrantes; todos buscamos congratularnos con el mundo y ¿de qué nos sirve eso? De nada; pura vanidad y puro orgullo que tienen su costo en los dineros y las riquezas que en todo ello se invierten.

Por el contrario, San Juan dice: "Que nuestra caridad no sea de boca; quien vea a su hermano en la pobreza, ayúdele". Y qué decir del espectáculo que se ve en ese sentido no sólo aquí en Colombia sino en el mundo, como prueba de que ya no se es católico, de que la sociedad ya no es católica. "Si no hay amor al hermano no puede haber amor a Dios" -dice San Juan-; y hoy, que se habla tanto de amor y de caridad, resultan falsos ese amor y esa caridad. ¡Cuan lejanos estamos de la ley de Dios, que es una ley de amor! Nuestro Señor murió por nosotros -como dice San Juan-; esa es la prueba de su amor, y nos exige que en retribución de ese amor nosotros también
seamos capaces no ya de morir por Dios, sino por el hermano, por el prójimo. Pero eso, ¿se ve en este mundo?, ¿se ve en esta sociedad?, ¿lo vemos realizado como un ideal en nosotros? Lamentablemente hay que decirlo, ¡no! Debemos meditar y reflexionar todas estas cosas para que nuestra religión no sea vana, no sea superflua.

A raíz de esa superficialidad y de esa vanidad Dios ha permitido todos los desastres físicos, morales y espirituales del siglo XX, siglo que ha sido atroz: primera guerra mundial, segunda guerra mundial, persecución en España en la guerra del 36, persecución de los Cristeros en México, conflictos y guerras por todas partes, terremotos, ciudades arrasadas, de Armero no quedó piedra sobre piedra y cuántas ciudades más; México, casi destruido en aquel gran terremoto, todo el sufrimiento debido a la violencia que produce la miseria.

Espiritualmente la Iglesia humillada, postrada, reducida prácticamente a su mínima expresión, abolido el verdadero culto a Dios, porque han querido abolir la Misa de San Pío V y solamente algunos valientes, fieles a la Tradición, la mantienen. Pero, ¿qué vienen a ser? Un grano de arena en la inmensidad del mar... De hecho, la Tradición está abolida oficialmente.

Este solo punto es muy grave porque no se trata únicamente de la Misa, ella es consecuencia de que la Iglesia ha sido profanada y vaciada, y no sabemos qué más irá a permitir Dios. Todo eso Dios lo ha permitido, pero no lo ha querido. Dios no quiere el mal, lo permite muchas veces, pues de todas formas El siempre saca un bien, una lección; todo colabora en provecho de aquellos a quienes Dios ama y de ahí la necesidad del amor a Dios. Si Dios ha permitido todo eso, podrá entonces permitir mucho más, justamente para que reflexionemos, para que recapacitemos y
para que nuestra Religión Católica, Apostólica y Romana no sea una religión de segunda categoría, sino que tengamos a Dios en el primer lugar y le amemos sobre todas las cosas. Pidamos a la Santísima Virgen María que nos ayude a tener ese amor del cual San Juan, el discípulo amado, nos enseña y nos pide en la epístola de hoy que amemos a Dios y a nuestros hermanos. +

BASILIO MERAMO PBRO.
 25 de junio de 2000

jueves, 15 de junio de 2017

SOLEMNIDAD DE CORPUS CHRISTI Ó JUEVES DE CORPUS CHRISTI

Amados hermanos en nuestro Señor Jesucristo:
Este jueves de Corpus Christi junto con el Jueves Santo y el Jueves de la Ascensión son los días más solemnes de la liturgia católica.

La fiesta del Corpus Christi está íntimamente ligada con el Jueves Santo, con la Santa Misa y con el sacerdocio; eso hace que sea como el centro, el corazón de la Iglesia expresado a través de la liturgia de este jueves de Corpus. Y la relación que hay entre el Jueves Santo y el de Corpus, consiste en que el Jueves Santo nuestro Señor instituyó el sacerdocio y la Santa Misa. Mandó a sus apóstoles efectuar en conmemoración de Él, de ese testamento, de esa alianza pactada con su sangre por el rescate que Él pagó, redimiéndonos del pecado y del poder de Satanás, la institución de esa conmemoración ocurrida en la Cena del jueves Santo; fue una anticipación del Sacrificio cruento de nuestro Señor en la Cruz. La Santa Misa es, pues, la renovación incruenta de ese Sacrificio del Calvario; la única diferencia está en el modo de ofrecerlo y éste consiste en la Santa Misa, en hacerlo incruentamente bajo las especies del pan y del vino; esa doble consagración prefigura la separación del alma de nuestro Señor, es decir, la muerte y por eso, ese mismo día, nuestro Señor instituyó el sacerdocio en sus apóstoles.

La Iglesia, entonces, al celebrar la fiesta del Corpus Christi lo hace con la solemnidad y alegría debidas, que no se puede hacer el Jueves Santo por la tristeza y el dolor de la Pasión de nuestro Señor que conmemora toda la Semana Santa; así lo celebra hoy con alegría, con esa profusión de fe y esperanza, pero que desafortunadamente en estos tiempos modernos queda eclipsada pasando como un día laboral más, por lo que se va perdiendo su memoria y su importancia. Pero no debemos olvidar que la fiesta del Corpus Christi, del cuerpo de nuestro Señor sacramentado, lo tenemos por el Santo Sacrificio de la Misa. Es la Fiesta del Santo Sacrificio de la Misa; sin este Sacrificio no habría Jesús Sacramentado, no habría comunión, no habría synaxis, si es que queremos usar esa palabra tan utilizada hoy; ni aun en el buen sentido habría comunión, porque, ¿qué comulgaríamos si no hubiese la Misa que es esencialmente el Sacrificio de nuestro Señor bajo las especies del pan y del vino, realizada por el sacerdote en persona Christi, como alter Christi, otro Cristo que es sacramen-talmente instituido por el sacramento del orden?

Todas estas cosas pasan desapercibidas, cuando no negadas por la nueva teología que quita (desacraliza) el carácter de sagrado a lo más sagrado que tiene la Iglesia católica, lo más sagrado del testamento de nuestro Señor, y de ahí la gravedad, desfigurando al sacerdote, no hecho ya para el sacrificio que da lo sagrado, sacra dans, dar las cosas sagradas. ¿Qué más sagrado que realizar en la misma persona de nuestro Señor el mismo Sacrificio de la Cruz renovado, actualizado, sobre el altar de un modo incruento? Esa es la misión del sacerdote. Hoy viene a ser, comparado mundanamente a un hombre más y cuando se celebra la Santa Misa, considerardo como un presidente que dirige a sus hermanos, realizando una synaxis, o un ágape; pero no es un sacrificio, sino una mera conmemoración, recuerdo de lo que aconteció y muchas veces no ya de lo que aconteció en el Calvario sino del misterio Pascual, como hoy tanto se habla.

Y no del misterio Pascual católico, sino del misterio Pascual a la manera judía, esa es la síntesis que hacen los mismos teólogos de la nueva teología, de la definición de la cena eucarística, no como Misa ni Sacrificio, sino conmemoración o memorial de una Pascua al estilo judío. La prueba está en que las oraciones del ofertorio están calcadas de ese ritual de la Pascua judía, con lo cual se puede concluir basados en ese trabajo que se hizo hace poco y que la Fraternidad Sacerdotal presentó a Roma para mostrar la gravedad; y la síntesis que se puede hacer de ese trabajo, es que: la nueva misa por la voluntad de aquellos que la confeccionaron, no es más ni menos que el memorial de la Pascua judía.

Hasta allá se llegó y aunque algunos pretendan que sea el memorial de la Pascua católica, eso sería falso, no es el memorial de la Pascua de la Resurrección, sino de la muerte de nuestro Señor Jesucristo inmolado en la Cruz; no cambiemos los términos, en la teología del dogma cada palabra, cada concepto, tiene su peso específico y no es que no se pueda cambiar ni una palabra, es que hasta ni siquiera una coma y ni una tilde en las cosas que son de Dios y que es Dios quien nos las lega y encomienda para que la Iglesia católica, apostólica y romana las guarde santamente y fielmente las trasmita.

Esto es lo que hace la Tradición. Por eso no puede la Iglesia católica sin Tradición católica custodiar santamente y trasmitir fielmente. Esa es su misión y para ello está investida de infalibilidad, no para proclamar nuevos dogmas ni nuevas verdades ni nuevas cosas, sino para proclamar aquello que en sustancia Dios reveló y que la Iglesia custodia y transmite a través de las generaciones hasta el fin del mundo, para que los hombres adhiriéndonos a la fe de la Iglesia, nos salvemos. Esa es la misión de la Iglesia y no otra; de ahí la importancia, sobre todo hoy cuando la misa romana es atacada y perseguida, esa misa que el Santo papa Pío V, quien fue también inquisidor, canonizó, excluyendo toda posible equivocación o error; por eso es una misa canonizada, por eso es una misa a perpetuidad, por eso la podemos decir nosotros con toda tranquilidad y por eso es un crimen perseguirla, porque sería perseguir a la Iglesia, apuñalar el corazón de la Iglesia, traicionar a nuestro Señor, falsificar su testamento, no sería cumplir su voluntad, no seríamos sus herederos; esa es su importancia.

Y por todo lo anterior monseñor Lefebvre, ese santo obispo de benemérita memoria, prefirió ser insultado, ultrajado, escupido, por defender ese testamento, ese legado, esa herencia de la Iglesia católica; por eso nosotros debemos estar dispuestos incluso a dar nuestras vidas, porque sin eso no hay Iglesia católica, no hay herederos de nuestro Señor, no hay salvación. Pero el mundo de hoy no está solamente imbuido de un nuevo paganismo, sino de la incredulidad y de la impiedad y no respeta nada ni a nadie, no respeta a Dios ni a su Iglesia, solamente se “respeta a sí mismo” proclamándose dios con su “dignidad, libertad y derechos humanos”; esa es la civilización que hoy se entroniza en contra de Dios y de la Iglesia católica, apostólica y romana. Esa es la crisis, dolor y pasión de la Iglesia; no lo olvidemos.

La Santa Misa no es el memorial ni de la Pascua de nuestro Señor ni mucho menos de la Pascua judía del Antiguo Testamento, que era una figura de la Pascua de nuestro Señor, sino que es el Santo Sacrificio del Calvario renovado incruentamente bajo las especies de pan y vino sobre el altar y por eso en la epístola de hoy no se habla de la Pascua, sino de la muerte de nuestro Señor; no dejemos adulterar nuestra religión, no dejemos que nos la cambien, no dejemos que la Iglesia se judaíce. La Historia del mundo gira sobre dos polos, o se cristianiza o se judaíza, a la larga o a la corta, no hay término medio y el mal se acrecentará en la medida en que nos judaicemos en todos los órdenes y niveles. Esa judaización de la Iglesia la estamos viendo; por eso debemos guardar esa fidelidad a nuestro Señor, a su alianza, a su Iglesia, y la mejor manera de servir a la Iglesia, de ser fieles, es conservando la liturgia sacrosanta de la Santa Misa, de la Iglesia católica en toda su pureza, tal cual como lo definió San Pío V.

Por eso, sin pretender ser mejores que nadie, monseñor Lefebvre, con la Fraternidad que él fundó, es la expresión más fidedigna de esa fidelidad a la Iglesia y a nuestro Señor, a la religión católica, fidelidad al Corpus Christi, al cuerpo y la sangre de nuestro Señor que se da como pan del cielo para que, en comunión con Él, dándonos no un banquete, sino su propia carne, integrarnos y asimilarnos en su cuerpo Místico que es la Iglesia, divinizándonos, participándonos de su divinidad; de ahí la necesidad de recibir a nuestro Señor con un corazón puro, es decir, teniendo conciencia de no tener pecado mortal, para no beberlo y comerlo indignamente, para que sea fructuosa esa comunión y como pan del cielo nos lleve en la última hora, en la hora de la muerte como viático al cielo; todas estas cosas significa la fiesta y la liturgia de hoy que pasa desapercibida.

Pidamos a Nuestra Señora, la Santísima Virgen María, Ella, que ofreció a su Hijo no como nosotros los sacerdotes de un modo sacramental e incruento sino que lo ofreció en sí mismo en la Cruz, donando, dando al Padre Eterno uniéndose a nuestro Señor en la hora de su muerte; de eso no nos damos cuenta, pero Nuestra Señora hizo ese gesto que le desgarró, que le partió en su ser, ofreciendo a su Hijo amado y por eso Ella está al pie de la Cruz y por eso nosotros tenemos que estar con Ella y quien no está con Ella no está con nuestro Señor. Por lo mismo, no se puede tener a Dios por Padre si no se tiene a María por Madre; por eso Ella es la Madre de la Iglesia, es Madre nuestra. Confiémonos a Ella para que nos fortalezca con esa fuerza que Ella demostró ante la cruz y con esa capacidad de sacrificio y de oblación para que así nos configuremos más a nuestro Señor Jesucristo. +



P. BASILIO MERAMO
14 de junio de 2001